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VACA2

UNA HISTORIA FANTÁSTICA EN ISLA BLANCA

Fue un martes de Febrero (día que nunca podré olvidad) el que pude tomar un auto alquilado y dirigirme hacia la remota y legendaria Isla Blanca, una de las playas más alejadas de la costa de Cancún. Las nubes ocultaban y revelaban constantemente al sol pero la temperatura no dejaba de ser cálida y agradable para un baño.

Luego de mucho tiempo al volante sin poder ver rastros de vida excepto ciertas aves solitarias, divisé en la lejanía una pequeña figura que se alzaba de pie allá donde la autopista parecía terminar en una pequeña abertura de árboles frondosos.

-Pensé que nadie vendría el día de hoy. -Dijo un anciano cuya edad debía de rondar los 80 años. Apenas podía divisar sus ojos entre la maraña de arrugas que poblaba su rostro. Vestía un polo y unos pantalones muy limpios y una toalla le colgaba del hombro.

No sabía qué responder. Solo un pensamiento fue tomando forma en mi mente: Tengo la playa para mi solo.

Me observó con cierta curiosidad mientras le extendía los 30 pesos de la entrada y me devolvía un recibo que me exigió cuidar. Avancé lentamente mientras me deseaba un buen día y se quedaba de pie en aquella aventura observando en la lejanía hacia la carretera completamente vacía.

Frente a mí, entonces, se revelaba un paraíso como nunca había visto en mis anteriores viajes. Una interminable extensión de arena tan blanca como los dientes de un bebé. La peculiaridad de esta arena (y de casi todas las playas del Caribe) es que está compuesta de coral. Coral que es mordisqueado en su forma natural por el pez loro y luego excretado por éste para al final terminar en la orilla.

Las aguas son de un color aguamarina, tal vez cian, y su temperatura es tan agradable como introducirse en un jacuzzi. Cuando se mezclan todas aquellas virtudes de Isla Blanca, y cuando aún se tiene la dicha de ser el único ser humano en aquellas playas, la experiencia es casi onírica. Excepto tal vez que, mientras caminaba por las frescas arenas blancas, me di cuenta que en la lejanía había alguien sentado en los restos de un bote encallado en la arena.

Siempre me ha gustado hablar con los lugareños. No hay nadie con mayor sabiduría acerca de los misterios de aquellos idílicos escenarios. Sin embargo, me sentía extraño el perturbar la tranquilidad de aquella persona quien parecía estar ensimismado en algo, allá en la lejanía del mar.

De todas maneras sentí la curiosidad de irme acercando lentamente, a través de los ocasionales árboles y arbustos que crecían en la tierra. El silbido del viento y la brisa salada parecen hacerle creer a uno que está caminando en el aire. Debe ser la confusión de creer que uno camina en el cielo y de cierta manera, uno no puede estar equivocado al contemplar los alrededores: las olas, el vaivén de las palmeras, la quietud de las pequeñas lagunas formadas en el interior de Isla Blanca y la infinidad del mar; uno en realidad está en el paraíso.

Finalmente llegué hacia donde el hombre se hallaba sentado. Era un anciano con larga barba y vestido a la vieja usanza de los marineros. Aquellos ojos habrían visto inenarrables experiencias en altamar. ¿Qué secretos tendría para contar a una joven mente curiosa como la mía?

Tras presentarme y contarle el motivo de mi presencia en aquél solitario paraje en Cancún, esperé en silencio alguna respuesta del hombre. Pero solo hubo silencio. Y tres minutos después. Y cinco minutos después. Fue solo cuando comenzaba a alejarme que el hombre habló. No para presentarse ni para hacerme alguna pregunta, sino para narrarme la siguiente historia:

 

Tal vez no la puedas ver ahora, pero quizás más tarde. Su nombre es Marisol. Tiene sentido. El mar y el sol. Y ella era ambos. Aún lo es. Más ahora que nunca a pesar de haber muerto hace 59 años. Fue la única mujer que se apoderó de mi corazón. Y mi corazón aún sigue siendo de ella. Ojalá no hubiéramos escapado aquél día. Queríamos vivir solos en una pequeña isla que se levanta allá hacia donde mi dedo apunta. Solo necesitábamos un bote y eso era lo único que teníamos. Más allá de tenernos el uno al otro.

Y aquello también fue nuestra perdición.

La tormenta se manifestó de prisa. Como si el cielo de pronto diera a luz a una criatura espantosa mientras expulsaba rayos y abominaciones de furia y espuma.

Debí de ser yo y no ella.

No duramos ni treinta segundos en ese mar salvaje.

Me pregunto a diario qué es lo que habría pasado si hubiera podido alcanzar su mano. Es una tortura. El mar sentía celos de nuestra unión. Mientras más trataba de acercarme a ella, las olas más me alejaban de Marisol.

Hasta que se la llevó.

Pero no pudo conmigo.

Y no podrá.

Esperaré acá el tiempo que sea necesario hasta que me la devuelva.

Sé qué un día lo hará pues, al menos, me permite verla todos los días.

Fíjate, joven hombre, allá donde el mar parece ascender hacia las alturas.

Espera hasta que el sol se oculta detrás de las aguas. Mira fijamente y estoy seguro que la verás caminando sobre las olas.

Solo espera.

 

Y esperamos…

Y, cielo santo, en los últimos segundos del atardecer…

Creí verla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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